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La histoira de San Bartolomé

Descubierta por Cristóbal Colon en 1493 y bautizada en honor a su hermano Bartolomeo, la isla de San Barthelemy fue colonizada por primera vez en 1648 por emigrantes de la isla vecina de San Kitts. Esta primera colonización no tuvo gran éxito y en 1651 fue vendida a la Orden de Malta.

Cinco años mas tarde, una expedición de los indios Caribes terminó con la colonia masacrando a todos los colonos. Sus cabezas fueron plantadas en mástiles a lo largo de la playa de Lorient para desanimar a otros visitantes.

En 1763, la isla fue colonizada de nuevo, esta vez por marinos franceses de Normandía y de Bretaña. Esta colonia prosperó. Los bucaneros franceses se encontraban bien y mejoraron las condiciones económicas gracias a importantes botines robados a los galeones españoles. Se dice que Monbars el Exterminador, conocido bucanero francés, había hecho de St Barth su puerto de amarre. También se dice que su tesoro sigue escondido en una de las grutas de la playa de Gouverneur o enterrado en la arena de Saline.

Poco a poco, los bucaneros se convirtieron en comerciantes, tenderos, pescadores y pequeños agricultores. La isla era, sin embargo, demasiado pequeña, demasiado rocosa y demasiado seca para tomar parte en la economía azucarera de las islas más grandes.

A parte un corto periodo de invasión inglesa en 1758, San Barth siguió siendo francesa hasta 1784, cuando fue repentinamente vendida à Suecia por uno de los ministros de Luis XIV a cambio de derechos comerciales en el puerto sueco de Göteborg.

Como puerto franco de derecho sueco, San Barth sirvió útilmente de centro de comercio y de abastecimiento para los diferentes facciones en guerra colonial durante el siglo 18. Cuando un capitán obtenía una presa de guerra o atacaba una colonia, podía venir a vender su botín a Saint-Barth y hacer provisiones al mismo tiempo. Almacenes desbordando de mercancías rodeaban el puerto, que abrigaba a navíos de todos los países, y una tradición de comercio y de construcción nació en esa época y perdura hasta nuestros días. Este periodo de prosperidad se termina rápidamente con el fin de las hostilidades, y los barcos de vela fueron remplazados por los barcos a motor.

Asolada por un ciclón y mas tarde por el incendio de su capital en 1852, la isla había llegado al extremo de sus recursos y, siguiendo la opinión de sus habitante, fue retrocedida a Francia por el rey Oscar II de Suecia y de Noruega, mediante un tratado del 10 de agosto de 1877 ratificado por una ley del 2 de marzo de 1878. El estatuto de puerto franco se ha conservado hasta nuestros días, así como algunos recuerdos suecos que se encuentran bajo la forma de edificios, un cementerio, algunos nombres de calles y, por supuesto, el nombre del puerto y de la capital, Gustavia.

En 1946, la Martinica y la Guadaloupe, incluyendo a San Barth, se convirtieron en departamentos franceses con los mismos derechos y deberes que los departamentos de Francia continental. Los ciudadanos recibieron pasaportes franceses, y se esperaba de ellos que pagaran impuestos y que obedeciesen a las leyes centrales. Un bebé negro, descendiente de esclavos, nacido en una cabaña con techo de paja, sobre las palmas ondulantes de los cocoteros de Guadalupe, era de pronto tan francés como Cyrano de Bergerac.

En 1957, el multimillonario americano David Rockefeller adquiere una propiedad: la notoriedad de la isla aumenta considerablemente e impulsa su transformación en un destino turístico de lujo.

En 1967, la Gran Bretaña se deshizo de la mayor parte de sus posesiones antillanas, convertidas en un peso demasiado difícil y sin esperanza de mejoría. El azúcar ya no es un bien lucrativo, y las poblaciones crecientes demandan más servicios, sin que los beneficios engendrados localmente puedan asumirlos. Ese mismo año, Francia aumenta su ayuda a las islas, y desde entonces no ha cesado de hacerlo.

Durante los últimos veinte años la población de Saint-Barth ha aumentado de más del doble. Menos nativos de la isla se van y más franceses continentales y extranjeros vienen a instalarse.

En tiempos pasados, algunos extranjeros ya venían a buscar refugio a San Barth. Encontraban intimidad y distancia, y las diferencias culturales les garantizaban una acogida sin familiaridad excesiva. Eran personajes interesantes, con frecuencia excéntricos, que preferían la simpleza y la austeridad al azar y las facilidades del mundo exterior. Dos de los hoteles locales, El Edén Rock y el Castelet fueron construidos por personas de esta especie en vías de desaparición.

El compromiso de las islas de San Barthelemy y de San Martín en un proceso de evolución estatuaria a lo largo de los últimos diez años se vio concretizado por la adopción, el 21 de febrero de 2007, de un nuevo estatuto de Colectividad de Ultramar. El 15 de julio, la nueva Colectividad de Ultramar de San Barthelemy es erigida oficialmente con el nombramiento de su Consejo Territorial. Los 19 miembros del Consejo eligieron a Bruno Magras a la presidencia de la Asamblea Territorial.

Hoy en día, la mayor parte de las personas que llegan vienen a probar suerte, engañados por las descripciones de la prensa popular de un paraíso tropical donde no se pagan impuestos y donde turistas millonarios riegan con billetes todas las manos que se extienden. La mayor parte terminan cruelmente decepcionados. Vivir en Saint-Barth es fácil, ganarse la vida no lo es, sobre todo para aquellos que no son nativos de la isla.


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